Hoy no salí muy contento de mi clase de aikido. O sea, no salí contento conmigo mismo. Resulta que estabamos terminando la clase, cuando el sensei me dijo que demostrara cómo guiaba a un compañero al aplicarle una técnica. Y me embalé.
En mala.
Y como el compañero no quiso regalarme la técnica, yo presioné… y presioné… hasta que en un ataque relámpago pensé “cae, demonios”… y presioné muy fuerte.
Los huesos de la muñeca sonaron en dos partes distintas… nada grave, pero me siento muy arrepentido.
Eso me lleva a pensar que aplicar la técnica no es todo. O sea, no vale la pena hacerlo cueste lo que cueste. Cada cosa tiene su precio, y yo no estoy dispuesto a cargar en mi conciencia el hacerle daño a alguien porque sí.
Una lección dura, aunque el dolor físico se lo llevó la otra persona. Y una lección que se puede aplicar a todo ámbito.
No. A cualquier precio no. Ahora lo tengo claro.