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El síndrome de Epimeteo

Esta entrada es la parte 3 de 11 en la serie Yo y yo mismo

El síndrome de Epimeteo, término acuñado por Diego Quintana de la Uña, no es un fenómeno médico, sino una descripción del estado de ánimo y de la perspectiva de vida del hombre occidental. Según Quintana de la Uña, es “el síndrome del hombre que se olvida del hombre, el síndrome que antepone lo accidental al ser, lo secundario a lo principal” (El Síndrome de Epimeteo, pág.18).

Quintana pone el dedo en la llaga de muchos de nosotros, al afirmar que somos “hacedores”, pero “hacedores compulsivos”, pues nos encontramos en una eterna carrera de hacer, sin pensar en las consecuencias y sin llegar nunca a una meta que nos satisfaga. Corremos porque tenemos miedo del vacío que hemos formado por no cultivar lo realmente importante: el ser. ¿Cuántos nos ponemos metas (si es que lo hacemos), pero al alcanzarlas las encontramos vacías, con la pregunta del “y ahora qué”?.

Encontré este libro hace un año y desde entonces lo leo y lo releo, convirtiéndose en uno de esos textos de consulta y reflexión que catalogo de “imprescindibles”. La perspectiva que da es bastante fresca y esclarecedora, proponiendo un análisis de la cultura occidental desde la perspectiva de los mitos griegos. Mitos fundacionales que, segun el autor, muestran el ideal de hombre y el camino para alcanzar la excelencia.

El síndrome del hombre que olvida tiene unos corolarios interesantes que repercuten en lo individual y en lo social:

Corolario 1: El hombre que olvida lo importante (podría decirse, la verdad) tiende a fabular, inventar, reconstruir la vida y el mundo desde la fantasía y la ficción. Individualmente esto se traduce en la invención de un ente quimérico, que no existe: la personalidad (ese super-hombre/mujer que juramos ser, y que sólo es un delirio). La personalidad hace que nos alejemos mas y mas del verdadero ser, abocándonos a cumplir lo que se supone debemos ser. Es en ese sentido que el hombre epimeteico es como Narciso, que no sólo se amaba demasiado a sí mismo, sino que no tenía idea de quién era él, llegando al punto de no ser capaz de reconocerse en el reflejo del rio.

Colectivamente el resultado de una sociedad llena de epimeteos es que crea una cultura que es la suma de fantasías individuales: una fabulación colectiva. Se enaltece en su imagen, autodeclarándose el pueblo elegido, descendiente directo de los dioses.

Corolario 2: El hombre epimeteico que olvida la verdad y en su lugar inventa fábulas, está destinado vivir permanentemente confundido y en disputa abierta o solpada con el resto de los hombres.

Desde la perspectiva de las comunicaciones y las patologías asociadas, como de la existencia de trastornos de personalidad a los que le he dado como caja en este blog (ver sección “alma y ciencia”), este es un complemento más para la perspectiva que me he ido formando en estos años. Y uno muy potente. Es la eterna vuelta al origen de nuestros problemas: el creer que somos algo cuando no lo somos en realidad. El engañarnos con ropajes, títulos y cosas que ahoguen nuestra inconformidad de base, creyendo que existe un yo y tratando de satisfacer nuestros apetitos sin aprender nada de nosotros mismos, y por extensión, de la sociedad y el mundo. Dejar que las influencias del mundo nos avasallen, dejarnos llevar por el sistema de control, renunciar a levantar cabeza por la comodidad del rebaño. Caer en los extremos del intelectualismo vacío o la superchería mística sin capacidad crítica.

En palabras de Quintana de la Uña: “No se llega a sabio por filosofar, sino por el desarrollo de la conciencia. No se llega a sabio por acumular conocimientos, sino a través de la comprensión profunda(mismo libro, página 32).

Un tema interesante con el cual retomaré las reflexiones blogueriles.

Ah! Si les interesó, el libro se llama “El síndrome de epimeteo. Occidente, la cultura del olvido”, Editorial Cuarto Propio. Yo lo encontré en la Feria Chilena del Libro.

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