La mentira y la continuidad del yo

Esta entrada es la parte 1 de 11 en la serie Yo y yo mismo

El 5 de abril escribí sobre la paradoja del yo contínuo. Si estamos permanentemente cambiando, desde el nivel de nuestros átomos en adelante, y si asumimos como cierto lo que dice Gurdjieff sobre la multiplicidad de yoes que nos habitan, ¿Cómo es que tenemos la sensación de continuidad de la personalidad?

Bueno, ha llegado a mis manos un librito bastante interesante: Gnosis, de Mouravieff. Y leyéndolo he encontrado una teoría que explica esta paradoja:

Al hablar de sí mismo, el hombre dice: Yo. Es quizás el término más enigmático y menos definido del lenguaje humano. En efecto, al hablar de su cuerpo, el hombre lo trata en tercera persona, lo cual es correcto. Ahora bien, al hablar de su Alma, la trata también en tercera persona. Afirma así que él no es ni su cuerpo ni su Alma. Aunque parezca a primera vista paradójico, esta es la regla para la inmensa mayoría de los seres humanos. Pero si el hombre no es ni el cuerpo ni el Alma, ¿qué es, entonces, el hombre? ¿Qué es ese Yo que siente en él y al cual se esfuerza por comunicarle aunque más no sea una apariencia de continuidad lógica?
(…)
Ese Yo no sólo no es ni constante ni permanente sino que, además, es múltiple, dado que cada uno de los tres hombres que coexisten en el hombre y de los cuales hemos hablado antes [nota mía: se refiere a las partes intelectual, emocional e instintivo-motora], es igualmente un sujeto compuesto. De modo que nuestro Yo es en realidad un conjunto formado por una multitud de pequeños yoes, relativamente autónomos, cada uno con su tendencia a actuar a su manera. (…) Ahora se puede dar una respuesta precisa a la pregunta: ¿qué es el hombre? Es la Personalidad. En otras palabras, es Mr. X, identificado con ese organismo psíquico que vive en él, que no ofrece nada -o muy poco- de estable; que cambia según las impresiones recibidas -agradables o desagradables- e incluso librado al azar de los choques físicos.
(…)
Se plantea ahora la cuestión de saber qué es en sí misma la Personalidad. Es claro que se la siente en uno. Se notan sus actitudes, sus deseos, sus actos; pero uno no se la puede representar.

En efecto, cuando uno piensa en sí mismo evoca una cierta imagen; la del cuerpo vestido y de un rostro con expresión digna, atractiva. Esta imagen es sólo un reflejo de la Personalidad. Si se la quiere descubrir habrá que ir más profundo. Sólo la introspección hace visible su verdadero rostro. La introspección nos permite constatar que existe en nosotros una especie de pequeña “nebulosa”,imponderable o casi, dotada de la capacidad de sentir, pensar, experimentar sentimientos, actuar. Una atención sostenida nos hará notar con sorpresa que esta “nebulosa” se mueve: a veces está localizada en el cerebro, a veces desciende al corazón, al plexo solar, etc. Después de impresiones violentas -un gran terror, por ejemplo, puede descender a lo largo del cuerpo, hasta los pies. Todo sucede entonces como si ella hubiera abandonado la dirección general del cuerpo -dirección que detenta cuando se sitúa en el cerebre para actuar sólo por los reflejos más elementales. Pasada la emoción, la “nebulosa” vuelve a subir a lo alto de la cabeza, donde permanece la mayor parte del tiempo. Se dice entonces que la persona ha vuelto a ser ella misma.

Mucho más preocupado por el problema de parecer que por el de ser, disuelto en las circunstancias, siempre ausente de sí mismo -o bien cayendo en sus horas de descanso en una suficiencia somnolienta- el hombre contemporáneo ya no siente en él la pulsación de la vida interior. Necesita hacer esfuerzos, ejercicios y practicar la observación interior para alcanzar estos primeros descubrimientos.
(…)
Dado que el Yo de la Personalidad está formado por un número considerable de pequeños Yoes dispuestos en diferentes grupos que, a su vez, rigen nuestras actitudes y nuestras acciones ¿cómo conciliar este estado caótico con la continuidad, aunque más no sea aparente, de nuestra vida psíquica? Tres son los elementos que fundamentan esta apariencia de continuidad:

  1. El nombre;
  2. La experiencia fijada por la memoria;
  3. La facultad de mentirse y de mentir a los demás.

El nombre que llevamos corresponde al Yo de la Personalidad (…).Desde la adolescencia, el nombre corresponde también a la representación que el hombre se hace de sí mismo en el estado de vigilia más, a menudo, el agregado de una imagen ideal de sí, imagen de lo que aspira a ser o devenir.

Por eso se aferra a su nombre como a una tabla de salvación. En efecto, todo lo que existe tiene un nombre, sin nombre no podemos imaginar ninguna existencia psíquica o física, real o fáctica.

En el caso del hombre, su nombre y apellido cubren el conjunto de lo que puede definirse como su universo propio, tanto en sus elementos concretos como en los imaginarios, a menudo considerados por él como reales.

La memoria es función directa del ser del individuo. Cuanto más alto es el nivel de ser tanto más fuerte es la memoria y tanto mayor su capacidad de contener. La pérdida de la memoria trae como consecuencia la pérdida de la noción del nombre y de todo el conjunto a que se refiere, y hace del hombre normal un loco: la cuestión de la continuidad ya no se plantea.

La facultad de mentir es el tercer elemento constitutivo de nuestra vida fáctica que ayuda sustancialmente a ésta a proporcionar esa apariencia de continuidad.

Podemos comprender sin dificultad el rol que desempeña la facultad de mentir si tratamos de representarnos lo que sería nuestra existencia en caso de que esta posibilidad nos fuera negada. Los choques y confltctos que deberíamos enfrentar nos harían la vida imposible. En este aspecto las mentiras sirven de topes, como los topes de los vagones de ferrocarril sirven para amortiguar los choques. Es así como la facultad de mentir hace menos contradictoria nuestra vida y contribuye eficazmente a darnos la impresión de continuidad. Una vez más nos encontramos ante el hecho de que nos atribuimos facultades que sólo poseemos como posibilidades a desarrollar. Tenemos la pretensión de ser veraces. Pero decir la verdad y vivir en la verdad es una posibilidad que sólo podrá ser real mucho más tarde, como consecuencia de un trabajo asiduo sobre nosotros mismos. Entretanto estamos condenados a mentir y el que lo niega está atestiguando la dificultad en que nos encontramos para mirar la verdad de frente.

Nombre, memoria y mentir. La trinidad que nos hace ser “contínuos”. Para reflexionar.


Update: La brujis me llamó la atención sobre algo que no me había fijado: los tres hombres que convive dentro del hombre, como dice Mouravieff, parece que están relacionados con nuestros tres cerebros.

El yo contínuo

Esta entrada es la parte 2 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Desde el punto de vista de la física cuántica, nada realmente existe ni nada realmente se toca. Nuestros átomos aparecen y desaparecen de la realidad en tiempos de plank, y cuando interactúan siempre se repelen, por muy cerca que estén. Somos ondas de probabilidades que de pronto colapsan en particulas de “realidad”. Entonces, lo que somos o lo que nos rodea vive en una permanente mutación. ¿Pero por qué tenemos esa sensación de continuidad? ¿qué me hace ser yo mismo en medio de esta vorágine de cambios y renovación universal que ocurre millones de veces en cada segundo? ¿Cómo es que tengo la sensación de que mi yo, mi personalidad, mis pensamientos, mi ser se mantiene casi inmutable en el tiempo?

¿Es que acaso la mente tiene una existencia separada del cuerpo? ¿es que la mente se abstrae de lo que sucede en los átomos y se mantiene contínua?

Quizás este es el motivo por el cual Gurdjieff decía que en nosotros existen muchos yoes, cada uno individual y egoista. Y por tanto salto y movimiento, en cada “reencarnación” del cuerpo es un yo distinto el que toma las riendas. ¡No es de extrañar entonces que seamos contradictorios!.

Mientras más curioseo y más leo, más me doy cuenta que el mundo en realidad no es lo que nosotros percibimos. Es algo vastamente más complejo y caótico, pero es nuestra configuración biológica la que nos hace encontrar relaciones y orden en donde no lo hay.

Pero ¿cómo es que llegamos a esa configuración? ¿y por qué? Nada es real, pero la ilusión de un camión pasándome por encima termina con mi ilusión de vida igual. ¿Será que el camión es como un ruido fuerte que nos despierta en medio de la noche, dándonos cuenta que todo fue un sueño? ¿Que esa muerte no es más que un despertar brusco?

Estamos en una matrix. La matrix dada por nuestros sentidos. Y son las matemáticas a través de conceptos tan esotéricos como la constante de plank, que sólo tienen existencia en la teoría, pero que al parecer describen hechos físicos, las que nos dan las pistas para intuir que las cosas son más que esta cruda materia.

El síndrome de Epimeteo

Esta entrada es la parte 3 de 11 en la serie Yo y yo mismo

El síndrome de Epimeteo, término acuñado por Diego Quintana de la Uña, no es un fenómeno médico, sino una descripción del estado de ánimo y de la perspectiva de vida del hombre occidental. Según Quintana de la Uña, es “el síndrome del hombre que se olvida del hombre, el síndrome que antepone lo accidental al ser, lo secundario a lo principal” (El Síndrome de Epimeteo, pág.18).

Quintana pone el dedo en la llaga de muchos de nosotros, al afirmar que somos “hacedores”, pero “hacedores compulsivos”, pues nos encontramos en una eterna carrera de hacer, sin pensar en las consecuencias y sin llegar nunca a una meta que nos satisfaga. Corremos porque tenemos miedo del vacío que hemos formado por no cultivar lo realmente importante: el ser. ¿Cuántos nos ponemos metas (si es que lo hacemos), pero al alcanzarlas las encontramos vacías, con la pregunta del “y ahora qué”?.

Encontré este libro hace un año y desde entonces lo leo y lo releo, convirtiéndose en uno de esos textos de consulta y reflexión que catalogo de “imprescindibles”. La perspectiva que da es bastante fresca y esclarecedora, proponiendo un análisis de la cultura occidental desde la perspectiva de los mitos griegos. Mitos fundacionales que, segun el autor, muestran el ideal de hombre y el camino para alcanzar la excelencia.

El síndrome del hombre que olvida tiene unos corolarios interesantes que repercuten en lo individual y en lo social:

Corolario 1: El hombre que olvida lo importante (podría decirse, la verdad) tiende a fabular, inventar, reconstruir la vida y el mundo desde la fantasía y la ficción. Individualmente esto se traduce en la invención de un ente quimérico, que no existe: la personalidad (ese super-hombre/mujer que juramos ser, y que sólo es un delirio). La personalidad hace que nos alejemos mas y mas del verdadero ser, abocándonos a cumplir lo que se supone debemos ser. Es en ese sentido que el hombre epimeteico es como Narciso, que no sólo se amaba demasiado a sí mismo, sino que no tenía idea de quién era él, llegando al punto de no ser capaz de reconocerse en el reflejo del rio.

Colectivamente el resultado de una sociedad llena de epimeteos es que crea una cultura que es la suma de fantasías individuales: una fabulación colectiva. Se enaltece en su imagen, autodeclarándose el pueblo elegido, descendiente directo de los dioses.

Corolario 2: El hombre epimeteico que olvida la verdad y en su lugar inventa fábulas, está destinado vivir permanentemente confundido y en disputa abierta o solpada con el resto de los hombres.

Desde la perspectiva de las comunicaciones y las patologías asociadas, como de la existencia de trastornos de personalidad a los que le he dado como caja en este blog (ver sección “alma y ciencia”), este es un complemento más para la perspectiva que me he ido formando en estos años. Y uno muy potente. Es la eterna vuelta al origen de nuestros problemas: el creer que somos algo cuando no lo somos en realidad. El engañarnos con ropajes, títulos y cosas que ahoguen nuestra inconformidad de base, creyendo que existe un yo y tratando de satisfacer nuestros apetitos sin aprender nada de nosotros mismos, y por extensión, de la sociedad y el mundo. Dejar que las influencias del mundo nos avasallen, dejarnos llevar por el sistema de control, renunciar a levantar cabeza por la comodidad del rebaño. Caer en los extremos del intelectualismo vacío o la superchería mística sin capacidad crítica.

En palabras de Quintana de la Uña: “No se llega a sabio por filosofar, sino por el desarrollo de la conciencia. No se llega a sabio por acumular conocimientos, sino a través de la comprensión profunda(mismo libro, página 32).

Un tema interesante con el cual retomaré las reflexiones blogueriles.

Ah! Si les interesó, el libro se llama “El síndrome de epimeteo. Occidente, la cultura del olvido”, Editorial Cuarto Propio. Yo lo encontré en la Feria Chilena del Libro.

Cualidades

Esta entrada es la parte 4 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Leí por ahí que algunas de las cualidades de las mujeres (y que se entienden como excluyentes), son:

  • Las mujeres son apasionadas, amantes y cariñosas.
  • Las mujeres lloran de alegría.
  • Las mujeres siempre hacen algo para demostrar cuánto se preocupan.
  • Nunca se detienen por conseguir lo que creen mejor para sus hijos
  • Las mujeres tienen la habilidad de sonreir hasta en los momentos que están tan cansadas que ni pueden mantenerse en pie.
  • Saben cómo transformar una simple comida en un agasajo.
  • Saben estirar al máximo el dinero.
  • Saben cómo reconfortar a un amigo enfermo.
  • Las mujeres traen risas y alegría al mundo.
  • ¡Saben como entretener durante horas a los niños!
  • Son honestas y leales.
  • Las mujeres tienen una voluntad de hierro debajo de una apariencia delicada.
  • Harán lo imposible por ayudar a un amigo en problemas.
  • Las mujeres lloran fácilmente ante las injusticias.
  • Saben cómo hacer sentir al hombre como un rey.
  • Las mujeres hacen del mundo un lugar más feliz.

Haciendo a un lado que es un chiste, y que el comentario fue escrito con esa intención (creo), no deja de ser interesante el revisar los supuestos sobre los cuales está escrito, y que reflejan cómo nos metemos ideas erroneas que gobiernan nuestras vidas al configurar nuestra visión del mundo.

Desde chico he pensado que existe un grupo etáreo bastante definido que es el compendio de todos los vicios y males del mundo: blanco, entre 30 y 60, representante del status quo. Ah! Y hombre. Es que las mujeres son incapaces de hacer algo reñido con la moral y las buenas costumbres. Ellas no mienten. Tampoco engañan. Jamás le levantarían el macho a su mejor amiga, y mucho menos urdirían complejas y sádicas revanachas y/o venganzas. No. Todo eso está reservado para los hombres. Porque nosotros no somos capaces de cuidar un niño, entretenerlo por horas, llorar por las injusticias, reconfortar a un amigo, etc, etc, etc.

Esas ideas, expresadas a nivel de chiste o broma, no dejan de decir lo que se piensa de nuestro género, camufladas en la broma para bajarle el perfil y poder decirlo en toda su brutalidad, pero sin que haya chance de sentirse ofendido. Y probablemente la cosa es inconsciente. Existe a nivel de idea-fuerza en nuestra sociedad, que -con justa razón- cada vez se horroriza más de las brutalidades que algunos congéneres realizan, pero que cierra los ojos a la violencia soterrada de las féminas.

Porque al final somos lo mismo, en envases distintos. Somos capaces de los mismos actos de sacrificio, entrega y valor, que de las bajezas, cobardías y mala leche.

Quizás Gurdjieff tenía razón, y no somos más que máquinas manejadas por múltiples yoes sin ninguna relación los unos con los otros. Esos egos desatados, sin relación unos con otros son los que nos manejan, y estas afirmaciones al voleo son una expresión más de cómo actúan, preconfigurando nuestro mundo con visiones parcializadas que en base a la repetición se hacen verdades, en el sentido de quedar como hechos incuestionables, aún cuando no sean comprobadas. Algo así como decir que Al Qaeda es la responsable de todo. Un mostruo conveniente a quien culpar y quedarse con la conciencia limpia, metiendo bajo la alfombra aquella basura que no nos gusta ver en nosotros mismo.

Yo cuento chistes machistas. También feministas. Y creo que lo hago para provocar. Pero al parecer ahora caí en mi propia trampa y el chiste leído en otro lado me provocó, haciendo que reflexione sobre ello. Y quizás, espero, haya servido de algo. Por lo menos para mí. Ahora, tengo la intención (por lo menos del yo que está al mando en este momento) de ponerle más atención a las mismas barbaridades que suelto en mis conversaciones normales, que a veces son del mismo calibre o elevadas al cubo. Lecciones, le dicen. Hay que estar atento.

Urgente versus Importante

Esta entrada es la parte 5 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Vivimos en un mundo donde todos deben correr cada vez mas rápido, para alcanzar metas inexistentes, vacias. El ritmo de vida nos obliga a tener dos o tres trabajos mal pagados para poder vivir… aunque ¿cómo puede llamarse “vivir” el pasar más de 14 horas diarias trabajando? Trabajo viene de tortura, y nunca mejor dicho. Estamos tan “norteamericanizados” que sus perniciosas costumbres y maneras ya han permeado la sociedad. El ataque económico impuesto por los chicago boys ha transformado la sociedad más allá del flujo del dinero. Las relaciones están viendose afectadas y el tejido social comienza a desmembrarse.

Estoy leyendo “Edad Oscura Americana”, de Morris Berman y si bien trata de norteamerica, no dejo de ver alarmantes conductas que repetimos acá. Y veo cómo si seguimos en este tranco iremos directo a un colapso cultural.

El individualismo se está afirmando, mientras disminuye el compromiso social. Y no hablo de ir a mitines, sino simplemente conocer a tu vecino de departamento. O sea, algo mínimo como que alguien se preocupe si no muestras tu nariz por un par de días y no que pasen cuatro o cinco dias antes de que alguien se de cuenta que estás muerto, como sucedió en mi edificio. ¿Cuántos de ustedes conocen a sus vecinos? ¿cómo se llaman? ¿Qué les interesa?

Continuar leyendo “Urgente versus Importante”

Vivir de los recuerdos

Esta entrada es la parte 6 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Venía en la micro cuando me fijé en un socio que llevaba un polar con la leyenda “4º C”. Y mi primera reacción fue decirme a mi mismo: “qué patético”.

Para quienes no saben qué significa la sigla les cuento: acá en Chile, y en santiago sobre todo, se estila que cuando una generación sale del colegio, se manden a hacer poleras, polerones, chapitas, gorros, etc, con el nombre del curso, un monito alusivo y a veces con el nombre de los integrantes del curso. En todo caso, una práctica simpática.
Por eso me llamó la atención que lo calificara de una forma tan fuerte.

¿Por qué? Asi que procedí a revisarme.

El logo en sí es inofensivo, pero lo que me representó fue la idea de vivir del los recuerdos. Es decir, reemplazar la experiencia actual por la vivida.

Pero al mismo tiempo, continué razonando, son los recuerdos los que definen quiénes somos. Soy el producto de mi historia, y es el bagaje de lo vivido lo que me hace ser este yo en particular. Sin recuerdos, no soy. Por lo menos no el que soy en este momento.

Lo que me lleva a la paradoja. Si vivimos con nuestros recuerdos ¿por qué me pareció tan mala la idea de vivir de las memorias?

Creo que la respuesta es el replazo de “CON” por “DE”. Es bastante distinto tener nuestras memorias presentes, pero estar en el ahora generando nuevos recuerdos, que vivir en el pasado con la vista pegada en lo que fue.

Creo que allí radica mi respuesta visceral. Es mi negación a estar pegado, a no avanzar, a perderse el ahora por el ayer. Pero al mismo tiempo es la comprobación de mi contradicción, pues soy un convencido que no debes olvidar el pasado, pues sin él no tenemos futuro.

Entonces, resumiendo, probablemente me dije que era patético porque yo mismo estoy en la paradoja. O sea, hice el juicio sobre mi mismo. Ouch

Épica

Esta entrada es la parte 7 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Hace unos días reflexionaba con un compañero de oficina que estamos faltos de épica. Recordaba el triunfo del no en el 88 y cómo vivíamos en aquellos días, y épica es la palabra que me viene a la mente. Tiempos en los que te jugabas el cuello, donde era fácil distinguir, pues las cosas eran blancas o negras, sin grises intermedios. Pero en estos años de transición la cosa se ha vuelto una mera administración, los límites se difuminaron, el sentido se perdió y todos (o la gran mayoría) fuimos devorados por el capitalismo in extremis, reduciéndonos al papel de homo consumidor. Ya no hay lazos, las organizaciones sociales fueron desperdigadas, cada uno se encerró en su metro cuadrado y entramos de lleno al proceso globalizador que nos tiene mirando aterrados las noticias de la tele, sin atrevernos a poner un pie en la calle por miedo. El mismo proceso que hace que sea mejor ser activista en facebook, adhiriendo a grupos que no aportan nada pero nos dan la sensación de “hacer algo”.

Y en eso estaba, tirando mierda con ventilador y lamentándome de que yo mismo no me escapo para nada de esto, cuando algo me remeció: la épica no está perdida. Sólo cambió de foco. En palabras de la brujis “ahora es interior”. Y sí, tiene mucho de eso.

La épica que yo conocí y que tanto añoraba fue sólo una pequeña escaramuza en una guerra mas grande. Seguro, fue importante, pero no deja de ser casi anecdótica. La verdadera guerra, aquella donde no sólo nos jugamos el cuello sino que mucho mas (para aquellos que sabemos que la cosa no termina aquí, y no me refiero a niñerías como el cielo y el infierno) está siendo peleada día a día. Camuflada, pero no por ello menos letal. Fuerzas mas grandes que la CNI y la DINA están en movimiento, en un campo de batalla gigantesco, pero que al final se libra en cada uno de nosotros. Sí, dentro de nosotros. La batalla por despertar, por abrir los ojos, por no conformarnos con ser simples ovejas y vacas que van al matadero. Por terminar nuestra vida de forma impecable, en un último destello de efímera gloria, con la satisfacción de haber vivido y no simplemente sobrevivir arrastrando los pies.

La épica del día a día, donde cada decisión es el resultado de una batalla contigo mismo y la matriz. Donde asumo las consecuencias de mis actos, donde concientemente hago las cosas, dejando a un lado las modas, las convenciones, y todo aquello que te distrae de vivir. Las batallas diarias contra la inercia, con el vegetar, con el quedarte tranquilo en la ignorancia, haciéndote el leso de lo que sucede, de las implicaciones, de que cada acto repercute en el todo. Pelear contra la ignorancia y el sueño, contra la vanidad intelectual y el materialismo vacío. Luchar contra tí mismo, y emerger como alguien que ha atisbado que las cosas son mas de lo que aparentan, y aún así, vivir impecablemente con ese conocimiento.

La épica no se ha perdido. El extraviado era yo. Y ahora es el momento del luchar para no volver a perderme.

El sídrome de Epimeteo II: las armas divinas.

Esta entrada es la parte 8 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Hace casi 2 años escribí un post sobre un libro que compré un años antes. Y Como muchas otras veces, quedé con la intención de profundizar un poco más en un post que escribiría más tarde… y bastante mas tarde es, pero nunca lo es demasiado.

En este tiempo me he visto sumergido totalmente en “el mundo”. Problemas laborales y personales, terremotos internos y externos (utas que fue fuerte el de febrero del año pasado), cambios de gobierno, apatía extrema, la necesidad de producir como sea… el mundo me comió durante este tiempo. Pero de vez cuando una cosquillita molesta pica detrás de los ojos, o dentro del pecho, en lugares que no puedes alcanzar para rascarte. Molestias que pueden traducirse en ver defectos en los demás, cuando en realidad son advertencias sobre tu propia conducta que no te gusta. Y si bien lo normal es que las releguemos al olvido y nos hagamos los lesos, tomando pastillas para el dolor de cabeza o antidepresivos, la realidad es que son señales internas para que de una vez por todas te vuelvas a enrielar.

En mi caso son ciertos libros que me llaman una y otra vez, que pienso en ellos pero que no logro encontrar. Por ejemplo, el libraco al que se refiere este post estuvo perdido meses… y yo juraba que lo había prestado y nunca lo volvería a ver. Y así fui dejando a un lado su búsqueda, pues no estaba en los lugares donde se suponía debía estar (mi librero de libros imprescindibles o mi velador)… lo que grafica completamente esa modorra y comodidad que me ha invadido este tiempo simplemente porque estoy muy cansado para hacer otras cosas que no sean ver tele (buenas películas y series, pero igual pascual). Continuar leyendo “El sídrome de Epimeteo II: las armas divinas.”

Transmutación

Esta entrada es la parte 9 de 11 en la serie Yo y yo mismo

Las artes marciales, por mucho que hablen que son un camino a la paz y el equilibrio, no dejan de tener un fin bastante poco pacífico y armonioso: someter al otro. Los discursos de paz y equilibrio pueden sonar vacíos, sobre todo si sus orígenes son tan poco espirituales como algo que leí en cierta publicación sobre el tema: una forma de pelea que fue desarrollada por cinco maestros en Hawai, y en la que se iban a los barrios más peligrosos para poner en práctica las técnicas. Si funcionaban, se incorporaban. Pero el articulista agregaba que era una vía para el conocimiento interior y lograr la paz.

¿Cómo? ¿Estamos hablando de lo mismo? Hace tiempo pienso que el discurso espiritual de las artes marciales no son más que una forma de sublimar el aspecto guerrero y de sacarle la porquería al contrincante. Algo así como ponerse lentes de colores para cambiar la perspectiva.

Pero… y como siempre hay un pero… podría ser ¿no? Es decir, las vías de cultivación personal pueden ser tan variadas como extrañas. Y quién sabe, quizás sí hay algo de cierto en esto. Creo que la clave está en una palabra: transmutación.

La transmutación es la conversión de un elemento en otro. En términos esotéricos la idea es que se pasa de un estado de vibración bajo a uno alto, provocando cambios en la mente, el espíritu y la carne. Pero lograrla requiere trabajo consciente. Y normalmente, bastante arduo.

¿Es posible que lo que sucede con las artes marciales es precisamente que a través del trabajo físico intenso y la búsqueda de un estado mental particular, ocurra esta transmutación? ¿La conversión de la fuerza y la agresividad en energías de crecimiento interior?

Otro lugar donde vemos la transmutación en acción es cuando enfrentamos las emociones, sobre todo con las que llamamos negativas. Algo intuía cuando escribí el post sobre la ira, pero en un grupo de discusión en el cual participo le dieron una vuelta más de tuerca, que me lo dejó mucho más claro:

El trabajo positivo de la parte negativa del centro emocional es reaccionar a las mentiras y situaciones no placenteras que sirven como un “sistema de advertencia” para el organismo. Se supone que debe “reaccionar” ante impactos desagradables de afuera y de adentro. Este es todo el punto del discurso de Castaneda sobre los Pinches Tiranos. Los ataques de insultos, odio y celos, traición, y desprecio provocan energías en nuestros sistemas que pueden ser UTILIZADAS de un modo positivo y creativo. El precepto de “amar a tus enemigos” procede del conocimiento de que NO debemos huir de nuestras emociones negativas. Ni debemos suprimirlas o reprimirlas o rechazarlas. (…). El papel de las emociones negativas no es realmente negativo. El propósito de las emociones negativas es que sirven como alarmas despertadoras. Su dinamismo comunica al individuo cosas que lo fuerzan a ACTUAR.

Transmutación. Todo el trabajo espiritual y de crecimiento personal pasa necesariamente por esta palabrita. Y nuevamente, no basta con la contemplación. Hay que HACER.

Inmovilismo

Esta entrada es la parte 10 de 11 en la serie Yo y yo mismo

En la doctrina del “tu eres responsable de todo lo que te sucede”, hay algo que no me cuadra. Si bien estoy de acuerdo en que uno, al tomar decisiones está forjando su presente y su futuro, no creo que TODO lo que te suceda es tu responsabilidad. En pensamientos esotéricos, se dice que el “ser superior” (o sea nuestro verdadero yo, aquel que trasciende el tiempo y el espacio y del cual nosotros en esta realidad somos una expresión más, una de tantas otras posibles), es el que elige. O sea, que toda nuestra existencia fue decidida antes de nacer (o, en estos términos, antes de manifestarnos en esta realidad). Y eso no me calza. O sea, que yo, como expresión materializada de este “ser superior”, no tengo libre albedrío. Todos mis actos y decisiones han sido tomados antes de existir como materialización. Es más, todas mis interacciones han sido previamente diseñadas, por lo que me he puesto de acuerdo con todos los “seres superiores” de todos con los cuales alguna vez me relacionaré. O sea, que estoy siguiendo un guión predefinido, con la ilusión de que decido.
Pero ¿qué sentido tiene eso? Según otras explicaciones esotéricas, el fin de la vida es aprender. Pero ¿cómo aprender si lo que se hace es seguir un camino predeterminado? ¿qué gracia tiene obtener experiencias de hechos previamente definidos? Como sistema me parece muy malo. No hay margen para lo inesperado, pues TODO ha sido previsto. Asi que no hay rango para experimentar cosas nuevas: todos los estímulos y respuestas han sido seteados, programados.
Si la idea del universo y la existencia es aprender, entonces este modelo no calza para nada. O sea, estamos ante un pensamiento determinista, inmovilista: “Deja las cosas como son, porque así fueron pensadas”; “La gente no cambia”; “Si alguien sufre, es su opción”; “Nada de lo que hagas influirá en nada”.
El universo es bastante más complejo, creo yo. Lo demuestran los hechos físicos y sus interrelaciones…. y si creemos en lo que dice el Kybalion, “como arriba es abajo”. O sea, lo que vemos con nuestros sentidos es extrapolable tanto hacia lo micro como lo macro. Y una de esas cosas que dice la física, es que los cuerpos interactúan y se influyen entre sí. La física cuántica nos habla del caos y de cómo las cosas no siguen patrones/conductas fijas, sino que probabilidades. Al parecer es el caos el que gobierna el universo. Y gracias a ese caos es posible la creación. Algo inmovil no muta, no crece, no se desarrolla.
Entonces, volviendo al inicio del post ¿yo soy responsable de todo lo que me sucede? eso deja afuera las influencias externas. Más bien, las niega. Si me caigo y me quiebro una mano, es porque lo quise así. Si me duele la panza, es porque yo lo deseé. Si me atropellan, es porque deseaba vivir la experiencia de ser atropellado. No tiene nada que ver que yo estuviese tranquilo en un paradero y que sorpresivamente se cortaran los frenos de la micro.
Creo que el azar es una cosa bastante más fuerte en el universo. Insisto con el “como arriba es abajo”. Sin azar, sin caos, sin incertidumbre… ¿es posible generar nuevos conocimientos y/o experiencias? Creo que no.

Ira

Esta entrada es la parte 11 de 11 en la serie Yo y yo mismo

# f. Enfado muy violento: lo golpeó en un ataque de ira.
# Deseo de venganza: temo que su ira nos cierre muchas puertas.
# LIT. Furia o violencia de los elementos: los árboles se plegaban ante la ira del viento.
# pl. Repetición de actos de enfado o venganza: escapó como pudo de las iras de su padre.

La ira es una cosa bastante contradictoria. Es socialmente rechazada y denostada. Pero por otra parte, aquellos que no tienen ira o no la han experimentado nunca, no son precisamente personas que mueven las cosas ni provocan cambios.
Interesante. La ira es un motor poderoso. Tanto que debe ser domada, mantenida a raya, pues es peligrosa. Para ello debes aprender a convivir con ella y regularla. Si se le encierra puede causar más daño al reventar. Como decía un psiquiatra por ahí, hay que cagar un poquito por aquí y otro por allá de forma seguida, y no esperar a que la mierda se te salga por las orejas.
Los grandes iracundos han escrito la historia, mientras que los demás la han sufrido. Pero ¿es necesaria? Filosóficamente, visto desde un punto de vista de la nausea, la ira es comprensible como un sentimiento de impotencia, horror y enojo por el sin sentido de la existencia. Si se es más metafísico, la ira podría ser explicada por el sentimiento de abandono, por la rabia de estar siendo mantenido en la ignorancia y la manipulación. Si se es cristiano, es un pecado capital (y ni se te ocurra enojarte con Dios aunque te mande las penas del infierno).
Así las cosas, en general la ira es el siguiente paso de la rabia y la impotencia. La ira es el enojo supremo porque las cosas no son como deberían ser. Y en ese sentido es un despertador de conciencias. Un sacudón eléctrico para despertar el alma.
¿Qué hacer con la ira? ¿sirve para seguir creciendo? ¿es una herramienta? ¿es un lastre? ¿ah?