La histerización argentina: cómo el contagio de un líder enfermo transforma a toda una sociedad

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Hay una frase del psiquiatra polaco Andrzej Łobaczewski que resulta perturbadoramente actual para leer desde Chile, mirando lo que ocurre al otro lado de la cordillera:

"El histérico no dice lo que siente, sino que pasa a sentir aquello que dijo. Y en la medida en que lo que dijo es copia de fórmulas prefabricadas que circulan en la atmósfera como gases omnipresentes, cualquier intento de llamarlo de vuelta a sus percepciones reales sacude de tal modo su seguridad psicológica prestada, que termina siendo recibido como una amenaza, una agresión, un insulto".

Łobaczewski no escribía sobre Argentina. Escribía sobre la Unión Soviética y los regímenes totalitarios del siglo XX. Pero su descripción del mecanismo de contagio psicológico en sociedades histerizadas se ajusta con una precisión casi forense a lo que está ocurriendo hoy en Argentina, bajo el gobierno de Javier Milei.

Y lo más inquietante no es que un líder exhiba rasgos psicopatológicos evidentes —la historia está llena de ejemplos—, sino que la sociedad entera empiece a mimetizar esos rasgos. Eso es lo que la ponerología describe, y eso es lo que estamos viendo.

El mecanismo del contagio: no se contagia la psicopatía, se contagia la histeria

La ponerología —el estudio interdisciplinario del mal social— parte de una premisa que rompe con el sentido común: la psicopatía no es contagiosa. Lo que se contagia es la sintomatología histérica que emerge en las mentes menos activas que, sin darse cuenta, se adaptan a las nuevas reglas y valores impuestos por el liderazgo patológico.

El proceso funciona así: cuando los individuos con rasgos psicopáticos acceden al poder, no convierten a todos en psicópatas. Lo que hacen es modificar el ambiente emocional y discursivo de tal manera que las personas comunes —las que Łobaczewski llama "mentes menos activas"— comienzan a adoptar fórmulas prefabricadas como propias. No elaboran el discurso. Lo copian. Y luego, al copiarlo, lo sienten. Terminan sintiendo aquello que repiten, aunque no tenga ninguna relación con su experiencia real.

El mecanismo psicológico que permite esto se llama pensamiento conversivo: un modo de razonamiento emocionalmente motivado en el que los datos incómodos son subconscientemente bloqueados, invertidos o transpuestos. El resultado son conclusiones que parecen lógicas pero que en realidad son paralógicas: paralelas a la lógica, no derivadas de ella.

Łobaczewski describe este proceso como "histerización": la sociedad entra en una fase —que puede durar generaciones— donde el egoísmo individual y grupal aumenta, los lazos de deber moral se aflojan, y la capacidad colectiva de distinguir entre lo normal y lo patológico se degrada. En ese estado de ceguera, el patócrata puede ascender y consolidarse.

Argentina como laboratorio de histerización

¿Qué pasa cuando este marco teórico se aplica al caso argentino de 2026?

El diagnóstico presuntivo de "psicosis de parafrenia afectiva" —formulado por el psiquiatra José Abásolo, con medio siglo de trayectoria, y respaldado por el silencio de los círculos cercanos al presidente— describe un cuadro de ideas delirantes de contenido narcisista megalómano, componente místico, y episodios de ira y descalificación. La parafrenia afectiva se caracteriza por una aparente normalidad conductual que esconde una desconexión profunda con la realidad.

Pero el punto crucial no es el diagnóstico del presidente. Es cómo ese diagnóstico se irradia hacia la sociedad.

La histerización del discurso público

Cuando el líder pierde los frenos inhibitorios lingüísticos —como describió Abásolo— y "ha perdido el contacto vital con la realidad", el discurso público se reorganiza en torno a esa desregulación. Los afectos negativos —el odio y el miedo— se convierten en los principales organizadores sociales.

La investigadora Laura (2025) describe cómo Milei "interpela a 'los argentinos de bien' a desplazar y proyectar su malestar como odio sobre diversos grupos sociales que socavarían el orden". Este es el mecanismo de conversión histérica en acción: el malestar real —económico, social, existencial— es transpuesto hacia un objeto falso: el "zurdo", el "enemigo de la patria", el "vendepatria". Y la sociedad adopta esa transposición como propia.

El sujeto histerizado no dice lo que siente. Dice lo que el líder dice que debería sentir.

La pérdida del criterio de realidad compartido

Un análisis publicado en 2026 señala que "hemos perdido el sentido de la verdad compartida y tenemos el pacto social rasgado", y que "la gente siente angustia". Łobaczewski advertía que, en la histerización avanzada, la sociedad pierde la capacidad de distinguir entre lo normal y lo patológico. Cuando eso ocurre, las conductas más disruptivas del líder dejan de escandalizar y se vuelven "normales".

La vicepresidenta Victoria Villarruel —que no es precisamente una opositora al gobierno— expresó en julio de 2026: "Me preocupa profundamente que el presidente de la Nación replique insensateces e inventos. Tengo genuina preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica". Cuando la propia vicepresidenta habla de "persecuciones imaginarias" y "preocupación por su estado", estamos ante algo más que una disputa política.

La evidencia estadística del colapso

La histerización no es una metáfora. Tiene consecuencias medibles.

En 2025, Argentina registró 5.209 suicidios consumados, un incremento del 22,6% respecto al año anterior, la cifra más alta de la serie histórica. Por primera vez, los suicidios equivalen a la suma total de homicidios dolosos y accidentes de tránsito combinados —5.209 suicidios frente a 1.676 homicidios: el triple.

Se consuma un suicidio cada dos horas. Catorce por día.

Mientras tanto, el gobierno de Milei recortó los fondos para salud mental un 42% entre 2023 y 2025, proyectando para 2026 apenas el 1,42% del presupuesto de salud —cuando la ley exige un 10%. El programa clave de apoyo y promoción de la salud mental sufrió una reducción del 91,6%, quedando con solo $48 millones para todo el año. La actividad prácticamente "se eliminó", con un recorte del 98%.

Uno de cada 3 argentinos presenta padecimientos relacionados con ansiedad, depresión o insomnio. Casi el 49% de la población reporta altos niveles de estrés crónico.

Łobaczewski advertía que, para los patócratas, "la destrucción biológica, psicológica, moral y económica de la mayoría de la gente normal se convierte en una necesidad biológica". La traducción concreta en Argentina es brutal: la destrucción biológica son los 5.209 suicidios; la destrucción psicológica es el tercio de la población con ansiedad y depresión; la destrucción moral es la normalización de la agresión como método político.

ATE: el intento de ponerle un límite institucional

El 15 de septiembre de 2026, la Asociación Trabajadores del Estado (ATE) presentó un pedido formal ante la Presidencia y la Jefatura de Gabinete para que se informe si existe algún examen, junta médica, certificado o dictamen sobre la salud psíquica y psicofísica del presidente.

El secretario general de ATE, Rodolfo Aguiar, fue categórico: "Los desequilibrios mentales del presidente son muy evidentes. No hace falta ser un profesional de la medicina para saber que padece algún tipo de psicosis, y su salud no es exclusivamente privada cuando la misma está vinculada a la capacidad para ejercer su cargo".

El argumento de ATE no es menor: cualquier trabajador estatal debe pasar un examen médico preocupacional y controles periódicos. "Es inaceptable que los empleados públicos para nuestro ingreso tengamos que cumplir numerosos requisitos y que este no sea obligatorio para quien es la máxima autoridad política y administrativa del Estado. Acá se controla a los trabajadores y no a quienes los tienen que dirigir. Es una joda", dijo Aguiar.

Y advirtió sobre la consecuencia jurídica: "Si no fuera apto, las consecuencias serían gravísimas. La mayoría de sus actos debieran ser declarados nulos".

El pedido se ampara en el artículo 88 de la Constitución Nacional, que regula los impedimentos para el ejercicio del Poder Ejecutivo. ATE también busca impulsar una ley para que el examen psicofísico sea obligatorio para todos los cargos electivos desde 2027.

"Esta presidencia de Milei nos enseñó que la psicosis y el delirio de un candidato en la campaña se pueden camuflar. No nos puede volver a pasar", concluyó Aguiar.

El rediseño institucional: blindar la patocracia

Mientras la sociedad se histeriza y los suicidios alcanzan cifras récord, Milei anunció el 1 de marzo de 2026 un paquete de 90 reformas estructurales para "rediseñar la arquitectura institucional de la Argentina para los próximos 50 años".

Las reformas incluyen cambios en el Código Penal, el sistema electoral —incluyendo el financiamiento de los partidos—, el Poder Judicial, la educación, y el Código Civil y Comercial. La estrategia es presentar 10 paquetes de reformas por ministerio, mes a mes, durante nueve meses ininterrumpidos.

La pregunta que plantea la ponerología es inevitable: ¿rediseñar las instituciones para qué? Cuando un líder con rasgos psicopatológicos evidentes concentra poder, reforma el sistema electoral, y captura el Poder Judicial, lo que está haciendo no es "modernizar el Estado". Está blindando la patocracia para que sobreviva incluso al desgaste electoral.

Los números, sin embargo, muestran que el apoyo se agota: la aprobación de gestión se mantiene estancada en 42% por tercer mes consecutivo, con una desaprobación de casi 60%. El 70% de los argetinos está insatisfecho, y solo el 26,5% considera probable votar por su reelección. The Economist publicó que "su experimento pende de un hilo" y que tiene un "índice de aprobación neta personal profundamente negativo".

La histerización como estrategia de supervivencia

La pregunta que Łobaczewski dejó abierta es si una sociedad histerizada puede reconocer y resistir la patocracia antes de que sea demasiado tarde.

En Argentina, la respuesta está en disputa. Por un lado, ATE, diputados de oposición, y sectores de la sociedad civil están intentando poner límites institucionales —exigir exámenes psicofísicos, denunciar el recorte en salud mental, visibilizar la crisis de suicidios—. Por otro lado, el gobierno responde con más histerización: "la motosierra no se detiene", el que no está con el proyecto es "vendepatria", y las 90 reformas buscan institucionalizar el rediseño para que la patocracia sobreviva al desgaste electoral.

Lo que la ponerología enseña es que la histerización no es un accidente. Es el mecanismo mediante el cual el patócrata neutraliza la resistencia. Una sociedad histerizada no puede defenderse porque ha perdido la capacidad de distinguir entre lo normal y lo patológico. Cuando el líder dice que los suicidios son "inventos de la oposición" y una parte de la sociedad lo cree, la realidad compartida se ha roto.

Chile no es Argentina. Pero Chile también está en una fase de histerización societal: la polarización, la pérdida de confianza institucional, la degradación del debate público, el predominio de las emociones negativas como organizadoras sociales. La pregunta no es si el mecanismo puede reproducirse aquí. La pregunta es qué tan preparada está la sociedad chilena para reconocerlo.

La advertencia que no queremos escuchar

Łobaczewski escribió que las sociedades normales tienen mecanismos de defensa contra la patocracia: instituciones fuertes, prensa independiente, educación crítica, y —sobre todo— la capacidad de nombrar lo que está ocurriendo.

El problema es que, en la fase de histerización avanzada, nombrar lo que ocurre se vuelve peligroso. El histérico recibe cualquier intento de llamarlo de vuelta a sus percepciones reales como "una amenaza, una agresión, un insulto". La sociedad histerizada no agradece el diagnóstico. Lo rechaza.

Lo que está ocurriendo en Argentina no es solo un problema argentino. Es una advertencia. Un líder con rasgos psicopatológicos evidentes puede llegar al poder en cualquier democracia. Lo que determina si se convierte en patocracia o no es la capacidad de la sociedad de resistir la histerización.

En Argentina, esa capacidad está siendo puesta a prueba en tiempo real. Y los números —5.209 suicidios, un tercio de la población con ansiedad y depresión, un 98% de recorte en salud mental— sugieren que la histerización está ganando.

La pregunta para Chile es simple: ¿estamos prestando atención?

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Fuentes principales: Proyecto de Declaración de la Cámara de Diputados de Argentina (2026), ATE (sep. 2026), Tiempo Argentino (sep. 2026), El Destape (jun. 2026), Infobae (sep. 2026), ACIJ (2026), y la obra de Andrzej Łobaczewski sobre ponerología y patocracia.

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